la abadía
de los evasores
de impuestos

 

El espacio.

La negrura obsidiana abarca hasta donde alcanza la vista; pero no está vacío ni obscuro, pues aquí se encuentra todo. Dispersos por el horizonte hay varios puntos blanquecinos, cada uno de estos puntos pueden ser estrellas, planetas o galaxias distantes, todas sometidas a las leyes de la física, leyes inamovibles que seguirán dictando el comportamiento del universo en todos sus rincones durante el tiempo que dure la eternidad. Estas reglas dictan que en algún momento del futuro se agotará la entropía y el universo completo colapsará; será un día silencioso, probablemente un martes, aunque en realidad no habrá quien pueda registrarlo. Por lo tanto esta no es la historia de ese momento.

Las leyes de la física igualmente dictan muchos de los eventos que cambiarán la geografía de nuestro universo: galaxias fusionándose, estrellas muriendo, sistemas completos que son comprimidos por la masa sumamente densa de un agujero negro, tu orden de sushi, y otras cosas que suceden en intervalos de tiempo tan largos que la vida surgirá y se extinguirá varias veces antes de que alguien lo note. Pero esta no es la historia de uno de esos eventos.

Estos mismos estatutos que rigen el universo controlan dónde florecerá la vida, de qué estará conformada, cuáles serán sus ventajas, cuáles serán sus amenazas, a qué temerán, posiblemente qué venerarán y cuál será el ingrediente predilecto de la pizza. ¿Adivinaste? Esta no es la historia del surgimiento de una civilización.

En todo el tiempo que las leyes de la termodinámica han concedido a nuestro universo, nacerán y surgirán varias civilizaciones con la capacidad de explorar las estrellas, muchas de ellas jamás coincidirán... Aunque, claro, existe una pequeña posibilidad de que se encuentren y convivan tratando de preservarse la una a la otra, por su puesto la experiencia nos enseña que las posibilidades de una guerra son ligeramente superiores. Curiosamente esta no es la historia de uno de esos encuentros.

Pero hay algo digno de mención respecto a las civilizaciones: sus leyes no se someten a la saludable lógica de la física.

Esta historia trata de esas leyes, las leyes de los hombres y civilizaciones asociadas; y comienza con una viajera visitando un planeta donde la vida dejó su marca pero jamás prosperó:

La abadía estaba sola, la ciudad permanecía abandonada y el planeta se encontraba completamente desierto; roca abandonada era un término válido para describir el lugar. Era el tipo de lugar que hace que los escritores se vuelvan redundantes. En aquel yermo reposaba el Sancto Coniectoris Adsiduus, un artículo tan poderoso que solo podía ser resguardado en un lugar donde la vida no fuera posible.

Este mundo poseía una atmósfera de cuarenta centímetros de espesor y una radiación UV capaz de esterilizar a una horda de adolescentes lujuriosos. La ciudad y la abadía fueron construidas por robots obsoletos que eran propiedad de la secta, y la ubicación del planeta solo es conocida por los seis miembros más importantes de la fe. Pero en ese preciso momento, desde el visor de su nave espacial, Isa tenía oportunidad de ver la legendaria abadía.

La iglesia le había asignado una misión, recuperar el número que el Sancto Coniectoris Adsiduus entregaba cada cuatrocientos años.

La Iglesia de los Últimos Contribuyentes era una religión relativamente nueva, pero también poseía sus propias profecías sin sentido: lugares prohibidos saturados de turistas, artículos antiquísimos de origen dudoso y una tienda de recuerditos. La búsqueda de Isa implicaba todo eso y más.

Isa activó su cronómetro una vez que la nave aterrizó en el desértico planeta, tenía cuatro horas antes de que la radiación emitida por aquella estrella la matara. Eso significaba que, gracias a su moderno traje espacial, tenía casi dos horas antes de que el cáncer fuera irremediable; incluso podría dedicar cinco minutos a visitar la mítica ciudad. Decidió no desperdiciar su tiempo y se dirigió a su objetivo.

Dentro de la abadía había un pasillo que siguió hasta que distinguió el sagrado artefacto. Se colocó de rodillas y presionó el botón rojo. La chica mantuvo la respiración mientras el edificio completo emitía un zumbido angustiante.

—Algo no está bien... —dijo Isa con un una voz preocupada que rayaba en el pánico.

Una luz roja le indicó el problema:

favor de colocar papel en la bandeja uno

Sin la menor reverencia hacia el santo suelo que pisaba, Isa abrió el cajón que decía Papel y abasteció la impresora con varias hojas tamaño carta. El zumbido cesó y la impresora devolvió un número primo de 148 dígitos, colocó la impresión en una maleta de alta seguridad y emprendió el viaje de regreso a la tierra.

La tierra es el planeta donde los seres humanos dieron sus primeros pasos, escribieron sus primeros poemas y pagaron sus primeros impuestos. Fueron aquellos impuestos los que empujaron a la creación de la Iglesia de los Últimos Contribuyentes. Esta iglesia es la institución más poderosa, importante, relevante, venerada y temida de toda la galaxia. Marcando un hito en la historia de la evolución, diversas especies que habitan el universo han adoptado esta fe independientemente de su origen, creencias originales o la demostración científica de la existencia de otros dioses.

Según la leyenda, la Iglesia de los Últimos Contribuyentes fue fundada por una pareja del estado de Chihuahua en aquel caótico país conocido alguna vez como México. Cansados de pagar impuestos, empezaron a buscar métodos para prosperar sin tener que entregar una parte de sus ganancias al erario público. Después de mucha meditación e investigación fiscal fundaron la Primera Iglesia de los Evasores de Impuestos, posteriormente se llamó La Congregación de los Morosos y cuando adquirió algo oficialidad volvió a cambiar su nombre a Iglesia de los Últimos Contribuyentes.

Las reglas de las religiones, sectas y clubs de fans suelen ser las mismas en todo caso: pórtate bien, dona dinero al equipo y transfórmate en un fanático violento si la situación lo amerita. La nueva religión agrega otra regla: es máximo e imperdonable pecado cumplir con tus obligaciones fiscales. Obviamente las personas con grandes ingresos empezaron a unirse a la nueva secta, situación que impulsó al gobierno y las antiguas religiones a tomar medidas drásticas. Afortunadamente el exceso de burocracia y corrupción del gobierno junto con la mediocridad de las instituciones aliadas dieron al traste con sus planes para detener a la pujante fuerza de los Últimos Contribuyentes.

Con los siglos, el aumento de feligreses, los buenos ingresos y la excelente administración permitió que la iglesia financiara numerosos proyectos de investigación, llevando a la tierra al nivel científico de planetas como Fuxa 9 y Sirli.

Los viajes interplanetarios fueron posibles gracias a los nuevos desarrollos tecnológicos; eso permitió el envío de misioneros a otros mundos que, ayudados por la flexibilidad de la fe y los elevados impuestos ganaron nuevos feligreses y mundos completos con rapidez; pero, lo más importante: ganaron influencia.

Algunas veces, la Iglesia de los Últimos Contribuyentes debía demostrar que tiene todo el misticismo necesario para ser una religión creíble. Así que fue comprando templos antiguos, pergaminos ambiguos y tradiciones extrañas[1]. Entre las cosas que compraron está lo siguiente: muchas pirámides que la gente no había querido desenterrar, numerosos manuscritos cifrados de dudoso origen, los derechos de las festividades decembrinas y los cajeros automáticos. En consecuencia, los ATM son considerados altares, ahora el viernes el día más sagrado de todos y el distrito de bares es la zona más religiosa de la ciudad. Naturalmente también escribieron algunas profecías.

El problema es que una de las profecías estaba a punto de cumplirse.

Entre las cosas que compraron está lo siguiente: muchas pirámides que la gente no había querido desenterrar, numerosos manuscritos cifrados de dudoso origen, los derechos de las festividades decembrinas y los cajeros automáticos. En consecuencia, los ATM son considerados altares, ahora el viernes el día más sagrado de todos y el distrito de bares es la zona más religiosa de la ciudad.