capítulo i

el inicio del atroz
crímen ilícito

 

El gato comió ilegalmente del plato del perro y por esta razón el perro acudió a la policía para inculpar al autor de tan terrible crimen; un crimen que jamás debe ser cometido, puesto que el plato del perro es nada más y solamente para el perro mismo. Y así fue como la policía llegó, encontró al culpable y se hizo de la vista gorda para hacer tiempo y para que su trabajo sea tomado con más seriedad por las personas que, inconscientemente, esperaban una tragedia o un suceso de mayor gravedad.

El coronel de la brigada de investigación de la ciudad de Locostein, el señor Barandesius, estaba consternado de que fuese tan fácil atrapar al culpable. Fue así, que en un callejón sin salida (bueno, si había salida, pero imagínense que no había salida) el gato había sido encontrado ante la vista imperativa de las autoridades, quienes lo encontraron in fraganti.

—¡Te hemos atrapado, malvado rufián, malhechor de la justicia, perpetrador del desorden y la mala moral! —con gritos escandalosos y sobreactuados dijo casi escupiendo el señor coronel al señor gato, quien se encontraba acorralado en la esquina del callejón. Pero este, nervioso y con las orejas hacia atrás, dijo como defensa de su integridad:

—¡Me está acusando usted de algo que no he hecho, el crimen por el que me acusa Don Perronio es una infamia! El plato donde yo he comido es en realidad mi plato —con algo de calma intranquila había dicho el señor Gatoleón Gatoparte al coronel Barandesius.

—¡No trate de engañarnos, mentiroso sin escrúpulos! Don Perronio dejó bien en claro a todos los perros que conoce y no conoce, así como a todo ser viviente, que ese plato es de él. ¡Usted lo ha profanado gravemente! —respondió con autoridad el coronel, agarrando con furia al gato de las lonjas de piel de su cuello. Sin embargo, a pesar de ello, le dijo como defensa, y con algo de dificultad por la inminente parálisis instintiva felina:

—Señor oficial, aquel pretencioso Don Perronio, no es más que un impostor. Ese plato lo compré hace dos semanas, y hace dos días que Perronio lo robó porque era mejor que el suyo. Poniendo como sustituto para mí un plato mordisqueado y maloliente con el nombre grabado del dueño canino. ¡Le juro que lo que digo es verdad!

El coronel se quedó pensativo, sosteniendo al gato durante tiempos infernales y eternos, como si el universo evolucionara frente a sus narices; frunció el ceño, arrugando su cara, mostrándose harto y fastidiado de lo que decía el gato. Después de aquella tortura nerviosa, el coronel Barandesius agresivamente sacudió al señor Gatoleón Gatoparte, dándoselo a otro policía que estaba en aquel operativo, con lo cual el coronel, viendo que su compañero se encargaría del caso, se fue de la escena, dejando la situación exclusivamente para este cuerpo de la justicia.

De manera atenta escuchó las mismas declaraciones que le había explicado con angustia y desesperación el señor Gatoleón Gatoparte al coronel Barandesius, lo miró en extremo inquisitivo, quedando en grave silencio. Hasta que después de razonar le dijo:

—Verá, sus argumentos son muy convincentes pero como es sabido, al igual que los policías de estos y todos los tiempos que se gradúan y tienen la oportunidad de graduarse y tener permisos de autoridad sobre los plebeyos del pueblo como ustedes, yo no tengo una capacidad para razonar de manera lógica y coherente la cual me permita comprender la obviedad de las cosas. Así que lo liberaré, pero tiene que huir como si fuese culpable. Como sabe usted, señor Gatoleón, el trabajo de policía está rebajado al prejuicio de la sociedad como un trabajo de cerdos contratados por los gobiernos, que son cerdos más cerdos que los propios cerdos —dijo el señor policía.

—¿Y acaso no es así? —preguntó el gato, con descarada convicción.

—Sí, lo es. ¿Acaso no ve que soy un cerdo? —preguntó con furia el señor policía, que efectivamente era un cerdo muy pero muy gordo, quien además se llamaba Puerconio, haciendo justicia a la situación semántica—. Así que huya muy lejos. Lo que haremos es hacer tiempo para que mi oficina tenga más publicidad de la gente inepta del pueblo. Iré a investigar el plato de Don Perronio y verificaré todas las características que usted ha dicho; si son verdad, inventaré otros crímenes que Don Perronio no ha cometido...

—¿Por qué hacer esto? —preguntó el gato, confundido.

—Por el simple hecho de que Don Perronio es un animal muy importante. Si él se ve envuelto en un crimen atroz como el que me dice usted que ha cometido, él podría entrar en la cárcel —respondió el señor Puerconio, en un tono de voz inclinado hacia la intriga que se hacía notar también en sus facciones.

Y así lo era. Como lo dijo el señor Puerconio, Don Perronio de Perreira era uno de los empresarios más grandes y sádicos de la ciudad. Había fundado su innovadora empresa de pelotas amarillas con cara feliz, un invento bastante inútil y sin ninguna aplicación; pero que al ser inventado y plagiado de un ayudante pobre de su fábrica —a quien luego despidió y mandó a desaparecer misteriosamente…— el estallido de la fama reventó en todo el mundo. Bueno, hay que considerar que estas personas viven solamente en la ciudad de Locostein, como se dijo al principio de esta historia.