capítulo i

 

El cielo se arrebolaba mientras Julio estaba sentado en la terraza de una pequeña cafetería que aquella transitada avenida de Polanco albergaba; como de costumbre, y pese al frio y nublado clima que amenazaba a la ciudad, las aceras se encontraban abarrotadas por paseantes disfrutando el ambiente cosmopolita que la zona pretendía ofrecer. Julio los observaba con mucha atención mientras el humo de su cigarrillo danzaba frente a su rostro al exhalar. Él era un hombre de veinticinco años, ligeramente pasado de peso aunque su altura ayudaba a disimularlo, su cabello corto y quebrado no ocultaban las entradas que, debido al tamaño grande de su frente, se formaban; sus ojos grandes, nariz respingada y boca amplia siempre marcaban mucho las expresiones de su rostro. Miró el reloj que portaba en su muñeca derecha: las ocho en punto. Lanzó la colilla con el pulgar y el dedo indice hacia la acera y de la cajetilla que había en la mesa tomó otro cigarrillo, para inmediatamente encenderlo.

—Disculpe, ¿es usted Julio Bernal?

—Así es. Siéntese, señora Rubio, por favor.

Julio se levantó de su silla, ofreciendo la mano a aquella mujer madura para ayudarla a sentar. Su aspecto era muy pulcro; un peinado sencillo adornado con una peineta que combinaba con el color de las canas que invadían su cabellera. Su vestido, que pese a darle una apariencia humilde, ayudaba a ocultar un poco su notoria obesidad y baja estatura; las arrugas en su rostro y las manchas y marcas en sus manos gruesas eran el reflejo de los años de trabajo duro que con seguridad debió vivir. Después de colocar su bolso en la mesa de madera y sentarse, la mujer dijo:

—Gracias por ayudarme con esto, mis hijas y yo estamos muy desesperadas por esta situación y no sabía qué más podía hacer. Seré honesta, no creía que esta fuera una buena solución, pero al no recibir ayuda de la policía después de estas dos semanas no tuve más opción que recurrir a ustedes.

—No tiene que agradecer, señora Rubio, al contrario, yo le agradezco que deposite su confianza en nosotros. Pero yendo al grano, cuénteme cuál es la situación. Hágalo desde el principio y sin omitir ningún detalle —dijo, dando una bocanada a su cigarrillo.

—Ya no sabemos dónde buscar a Rogelio, estoy acostumbrada a que no regrese a la casa por días ya que su trabajo como transportista así lo exige, pero nunca había estado tanto tiempo sin comunicarse con nosotras; aunque esté en medio de la nada siempre busca la forma de hacerlo. Esta vez él sólo salió de la casa para comprar un cachito de lotería como solía hacerlo todos los días; ha tenido esa costumbre desde que nació nuestra hija la mayor y siempre ha jugado el mismo número... pero esta vez parece que se lo hubiese tragado la tierra —ella sorbió su nariz, tratando de evitar que el llanto la sobrecogiera.

—¿Qué ha dicho la policía al respecto? —preguntó Julio, observándola con atención mientras recargaba sus brazos en la mesa.

—Ellos le dieron carpetazo al asunto hace dos días —una lágrima escurría por su mejilla derecha y su rostro comenzó a palidecer un poco, causando una marcada mueca de desazón—; los muy malditos dijeron que al no tener ninguna pista, evidencia o sospechosos no podían hacer nada al respecto, pero que seguirían investigando —ironizó, sus ojos se anegaron en lágrimas y se llevó ambas manos al rostro, mientras apoyaba los codos en la mesa. Julio le ofreció una servilleta y llamó con una seña al mesero, en cuanto este se acercó y mientras la señora Rubio enjugaba sus lágrimas, dijo:

—Traiga un té caliente a la señora, si es tan amable, de preferencia que sea de tila —el mesero asintió al mismo tiempo que tomó nota de la orden y entró a la cafetería.

—No es necesario, ya me siento mejor —musitó ella, después de retirar las manos de su rostro. Sus ojos lucían como dos grandes perlas rojas y su maquillaje barato comenzaba a correrse—. Es sólo que esta sensación de intranquilidad me está sofocando.

—No se fije, señora Rubio, le hará bien; además necesito que esté lo suficientemente tranquila para que me dé más detalles sobre su esposo. Por cierto, ¿trajo usted todo lo que le solicitamos?

—Sí, sí, por supuesto, aquí lo tengo —buscó dentro de su bolsa y después de unos segundos sacó un sobre color crema, semiarrugado y con una mancha oscura que entregó a Julio.

—Gracias —tomó el sobre y lo colocó encima de la mesa, junto a su taza de café—, ahora cuénteme más sobre su marido.

—Bueno, Rogelio no es precisamente una persona modelo, pero no puedo quejarme. Siempre ha sido buen padre y esposo; sus únicos vicios han sido la lotería y el alcohol, pero nunca bebe fuera de casa y mucho menos al conducir su camión.

—Muy bien, prosiga.

—En su trabajo siempre se han dicho cosas buenas de él —trató de mostrar una sonrisa forzada, pero le fue casi imposible—; es chambeador y siempre ha cumplido a tiempo con sus entregas. Sus únicos amigos son sus compañeros de trabajo, los conozco a todos, y por el tiempo que he convivido con ellos puedo decir que son buenas personas. Regularmente los invita a la casa para ver el futbol y beber algunas cervezas, pero nunca se emborracha cuando tenemos visitas porque siempre ha dicho que él debe cuidarnos a nosotras y debe respetar la casa.

—Su esposo es un hombre bastante responsable, eso es seguro —exclamó Julio, mientras movía la cabeza en señal de aprobación, la señora Rubio continuó.

—Tampoco tenemos mucho dinero como para que alguien intente hacernos daño y él nunca se ha metido en problemas con nadie. Se lleva bien con todos nuestros vecinos y siempre trata de organizarlos para mantener nuestra calle segura —una sonrisa entristecida se dibujó en el rostro de la señora Rubio.

—En realidad, así como lo describe, su esposo me parece una persona amable y normal. ¿Qué cree usted que haya sucedido con él?

—He pensado lo peor, créame. Mis hijas y yo hemos buscado en todos los hospitales, delegaciones y morgues de la ciudad pero nadie nos ha podido dar noticia —estrujó con fuerza la servilleta entre sus manos—. Lo que sí puedo asegurarle es que, pese a que nuestro barrio no es un lugar tranquilo, entre todos los que lo habitamos tratamos de ayudarnos. Normalmente hasta los rateros más descarados suelen proteger al barrio, pues ellos también viven y tienen a sus familias ahí. Puedo estar segura de que todos nos conocemos aunque sea de vista, así que si algo le hubiese pasado ahí a mi Rogelio ya nos hubiésemos enterado. Pero no, nadie lo vio siquiera en la calle aquel día. No tengo ni la más remota idea de lo que pudo haberle sucedido.

—¿Qué hay sobre la familia de su esposo? ¿La han ayudado? —preguntó Julio, examinando con profunda atención todas las palabras de la señora Rubio.

—Él sólo tiene a su madre, quien vive con nosotros. Es ya una anciana. Hace un par de años doña Francisca sufrió una embolia, quedó paralizada y con su rostro torcido —una expresión de tristeza invadió el rostro de la señora Rubio—. Rogelio, siempre que puede, la ayuda a bañarse, a vestirse y le da de comer. Estos últimos meses solía llevarla consigo a comprar su cachito de lotería, decía que salir le podía sentar bien y ayudarle a que se recuperara.

—Y en esta ocasión, ¿por qué no la llevó con él?

—Ella no se sentía bien, estuvo dormida todo el día y Rogelio no quiso despertarla.

—¿Y la familia de usted? ¿Cómo se llevaba con ellos?

—No solemos verlos mucho, ellos viven en Apatzingán y muy rara vez vamos para allá; y es más rara la ocasión en la que ellos vienen. Pero, no querrá decir qué... —dijo, con una expresión de sospecha y cansancio.

—No, señora Rubio, no me atrevería a hacer una afirmación así, pero es necesario tener toda la información que se pueda para saber donde podríamos comenzar a buscar.

El mesero llegó con una taza que colocó en la mesa frente a la señora Rubio, esta le agradeció y Julio también, el mesero sugirió acompañar el té con un postre pero la señora Rubio lo rechazó. Después de beber un sorbo del té, la señora Rubio continuó:

—Mi familia lo aprecia mucho, se lleva bien con mis hermanos y siempre se llevó bien con mis papás.

Julio lanzó la colilla de cigarrillo al piso y exhaló una bocanada de humo. Su expresión se tornó ligeramente sombría mientras se recargaba por completo en el respaldo del asiento, bebió un sorbo de café, el cual ya estaba frío.

—Seré sincero con usted, señora Rubio, siendo que la policía no ha podido resolver este caso, y por lo que usted me comenta, no será una investigación sencilla.

—Pero... —musitó, mientras las lágrimas comenzaban a inundar sus ojos de nuevo—. Ustedes me pueden ayudar, ¿verdad? Ya no puedo soportar esta angustia y mis hijas tampoco, no tenemos a quién más recurrir y tampoco tenemos mucho dinero, pero yo podré conseguir lo necesario para que...

—Señora Rubio —interrumpió—, nadie ha hablado de dinero aquí más que usted, por eso no debe de preocuparse en este momento, si llegásemos a necesitar se lo haremos saber. Tampoco debe preocuparse por su esposo, como le decía, no será sencillo pero tomaremos el caso y haremos lo más conveniente para encontrarlo. Lo que también debo comentarle es que no sabemos en qué situación lo encontraremos. Puede ser que se encuentre sano y salvo, o puede ser que algo le haya sucedido.

—Lo sé —dijo ella, entre sollozos—. No importa como lo encuentren, pero por favor regrésenlo conmigo. Si está muerto al menos tendré un cuerpo al que llorarle —al decir esto, su rostro se quebró y no pudo contener más el llanto—. Mis hijas ya no pueden con la angustia y mi suegra ni siquiera quiere comer. Yo le prometo que conseguiré todo el dinero que pueda para dárselos a ustedes. Pero, por favor, ayúdenme.

—Señora Rubio, no insista con eso del dinero. Nosotros no trabajamos gratis, pero tampoco podemos cobrarle por algo que ni siquiera hemos comenzado. Ya hablaremos de eso durante el transcurso de la investigación.

—Gracias, joven, gracias —la señora Rubio sonrió amargamente, estrechó las manos de Julio entre las suyas e inclinó la cabeza para intentar besarlas. Julio evitó el gesto de la manera más amable posible.

—Por favor, señora Rubio, no haga eso. Nosotros la ayudaremos pero no intente hacer ese tipo de cosas, pues no soy sacerdote. Será mejor que nos retiremos, ya es muy tarde —dijo mientras miraba su reloj—. ¿Cómo regresará a su casa?

—Pienso tomar el metro —respondió, mientras limpiaba el maquillaje deslavado sobre sus mejillas.

—Ya es muy tarde, mejor tome un taxi, yo lo pago.

—¡Cómo cree! No, no es necesario...

—Insisto, señora Rubio —interrumpió nuevamente—. La he hecho pasar un momento muy amargo y pienso que lo menos que puedo hacer por usted es asegurarme de que llegue bien y tranquila a su casa. Así que mejor vámonos antes de que sea más tarde.

Julio llamó de nueva cuenta al mesero haciendo un gesto con su mano para pedir la cuenta. Posteriormente se levantó y de inmediato ayudó a la señora Rubio a levantarse también, retirándole la silla. Sacó de su abrigo el suficiente dinero para pagar las bebidas y dejar propina, después extendió su brazo para que la señora Rubio lo tomara y así caminaron hacia la acera a esperar el taxi. No pronunciaron ninguna palabra durante este momento, sin embargo, Julio miró de reojo el rostro de la señora Rubio, quien sólo podía mostrar una expresión sombría y llena de tristeza. Cuando un taxi se acercó, Julio realizó la parada y ayudó a la señora Rubio a subir, le dio al conductor un billete de doscientos nuevos pesos a través de la ventanilla y le dijo:

—Por favor, lleve a la señora al lugar que ella le indique y quédese con el cambio.

—Sí, patrón —comentó el taxista.

—Señora Rubio, sólo por curiosidad —preguntó Julio—, ¿cuál era el número que su esposo jugaba?

—El trece mil ciento dieciocho —y tras decir esto, el taxi se fue. 

Julio caminó por la acera mientras encendía un cigarrillo. La noche ya había cubierto por completo la ciudad con su manto, inundando las calles con ríos de luces de los automóviles. Al llegar a la esquina sacó una moneda de la bolsa de su pantalón y se acercó al primer teléfono que encontró.

—Pensé que ya se habían ido... Sí, ya me comentó algunos detalles y me entregó lo que le pedimos... Me parece una buena persona, se nota que de verdad está muy afectada... No tardaré en llegar. ¿Seguirán ahí?... Muy bien, entonces ya voy para allá.

Colgó el auricular y comenzó a caminar de nuevo. Observaba atentamente como las luces de los autos iluminaban a los paseantes que ahí se encontraban aún; familias saliendo de los comercios, amantes devorándose a besos en complicidad con la oscuridad; hombres y mujeres vestidos con ropas formales y rostros cansados, caminando en la misma dirección que él. Llegó a la estación del metro justo después de tomar la última bocanada de su cigarrillo, lanzó la colilla, dio un último vistazo a su alrededor y entró.